lunes, 25 de febrero de 2013
A veces, no muchas pero lo suficiente, miro mis ojos y me pongo a pensar en la pena. Pero no esas penas vulgares, si no de esas penas que de verdad uno las lleva ensima día a día, esas que te forman, que las cuentas con una sola mano, con un solo dedo. La verdad es que le tengo rencor, pero está oculto, y cada vez que miro mis ojos me doy cuenta que está ahí. No son los de mi madre, tan profundos, claros y bellos ante el amor de un hijo. No son los de mi padre, sinceros, tranquilos, cristalinos y vivos. Mis ojos son negros y profundos, con miedos, dudas, son mis cicatrices eternas, esas que se borran con la muerte. Por eso odio mirarme al espejo, me doy cuenta que tengo algo de él, me doy cuenta que está presente, me doy cuenta que despues de todo sigo frágil.
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