"No siempre, solo a veces, y casi nunca"
miércoles, 13 de abril de 2011
martes, 12 de abril de 2011
sábado, 2 de abril de 2011
Escribir para leer.
Ahí estaba él, llorando, no podía retener las lágrimas que guardó por años, su insensibilidad le impedía llorar como la gente normal, ni siquiera era capaz de humedecer sus ojos, dando a luz ese brillo emocional que muchos de nosotros conocemos. Marcos era mi único hijo, le amaba, como nadie a amado algo que este mundo pueda contar. Yo solo podía distinguir en mi borrosa vista, al doctor, que tenía un gesto de compasión, mi hijo Marcos que tomaba mi mano y con una actitud trágica, se consolaba con ella. Yo estaba vieja, no recuerdo la última vez que estaba presente en un hospital, tuve una vida sana y agradezco a Dios por ello. Estaba sorda, pero eso no me impedía saber lo que ocurría en mi entorno. Tenía mas que claro que el tiempo pasó rápido, y que me estaba matando, de la forma mas desoladora en la que puede morir un mortal. Pero estaba tranquila, Marcos estaba grande, y aunque vivía solo, sin mujer ni hijos, sabía valérselas por si mismo, tanto así que me producía una enorme tranquilidad marcharme, sabiendo que mi hijo ya no necesitaría una madre que lo amamante.
Nunca fui buena detallando diálogos en mi vida de escritora, talvez porque siempre he sido sorda, pero esta vez trataré de escribirlos, naciendo de mi infinita mente, llena de ficción.
-No quiero que te vayas madre- dijo Marcos, con el poco aliento que tenía -Tengo que pedirte perdón de tantas cosas que me es imposible hacerlo en este momento-. Yo le respondí con un gesto de alegría como lo habría hecho miles de veces en mi muda vida, en que las palabras solo brotaban de mis manos, mis letras y mis llantos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)