sábado, 24 de octubre de 2015

No era la primera vez que tenía que recorger del suelo el brillo de mis ojos. También la sonrisa de mi boca o la alegría del pecho. Y tengo miedo, miedo de que cuando se me caiga la caricia de las manos y no tenga con qué tomarla, nadie habrá para recoger mi alma en un abrazo.

Pero más miedo me da que esta persona no sea yo.

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